Lo primero es entender el problema. Después, determinar qué necesita realmente la empresa.

La primera conversación debe servir para poner orden: conocer los antecedentes relevantes, identificar las cuestiones críticas y valorar las posibles consecuencias.

A partir de ahí podemos determinar si resulta conveniente profundizar en el análisis, intervenir en una negociación, revisar documentación, diseñar una estrategia preventiva o preparar la defensa de los intereses de la compañía.

No se trata de aplicar una solución prefabricada.

Cada empresa tiene una posición, unos objetivos y una exposición al riesgo diferentes. El asesoramiento debe partir de esa realidad.

Por eso, el contacto inicial es sencillo: exponga su situación y permita que un especialista determine cuál es el siguiente paso adecuado.